jueves, 15 de diciembre de 2011

Yo me acuerdo de esa escena de... Los pájaros (Alfred Hitchcock, 1963)

    Una de las mejores películas del maestro Hitchcock, buena muestra del hábil y sabio uso del suspense, creando una sensación desasosegante con una sucesión de planos que varían de manera sutil pero inquietante y una cancioncilla infantil transformada en elemento perturbador mostrando en todo momento como futuribles víctimas a los niños de la escuela vecina que se preparan para salir (y con ello la sensación de amenaza y peligro), pero sin mostrarlos en pantalla. 


 

  
  Se ajusta perfectamente a la máxima que él mismo formuló al referirse al suspense, en la célebre conversación-entrevista que dio a Truffaut: 
La diferencia entre el suspense y la sorpresa es muy simple y hablo de ella muy a menudo. Sin embargo, en las películas frecuentemente existe una confusión entre ambas nociones.
Nosotros estamos hablando, acaso hay una bomba debajo de esta mesa y nuestra conversación es muy anodina, no sucede nada y de repente: bum, explosión. El público queda sorprendido, pero antes de estarlo se le ha mostrado una escena completamente anodina, desprovista de interés.

Examinemos ahora el suspense. La bomba está debajo de la mesa y el público lo sabe, probablemente porque ha visto que el anarquista la ponía. El público sabe que la bomba estallará a la una y sabe que es la una menos cuarto (hay un reloj en el decorado); la misma conversación anodina se vuelve de repente muy interesante porque el público participa en la escena. Tiene ganas de decir a los personajes que están en la pantalla: "No deberías contar cosas tan banales; hay una bomba debajo de la mesa y pronto va a estallar". En el primer caso, se han ofrecido al público quince segundos de sorpresa en el momento de la explosión. En el segundo caso, le hemos ofrecido quince minutos de suspense. La conlusión de ello es que se debe informar al público siempre que se puede, salvo cuando la sorpresa es un "twist", es decir, cuando lo inesperado de la conclusión constituye la sal de la anécdota.

  Como curiosidad, esta secuencia se describe plano a plano en la página 77 de la ¿novela? de Agustín Fernández Mallo "Nocilla Dream".



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