martes, 24 de abril de 2012

KISEKI (La vida como milagro)




Dirección: Hirokazu Kore-Eda
Año: 2011
Duración: 126 min.
Interpretación: Koki Maeda (Koichi Osako), Ohshiro Maeda (Ryunosuke Kinami), Kirin Kiki (Hideo Osako), Kiara Uchida (Megumi), Seinosuke Nagayoshi (Makoto), Ryoga Hayashi (Tasuku).
Guión: Hirokazu Kore-Eda

Sinopsis: El día que se inaugure la nueva línea Kyushu, el tren de alta velocidad Tsubame irá hacia el Sur desde Hakata, y el Sakura irá hacia el Norte desde Kagoshima. Dicen que basta con estar ahí en el momento en que los dos trenes se crucen para que un deseo se haga realidad. Koichi y su hermano Ryu viven separados desde que sus padres se han divorciado. Los dos hermanos traman un plan para que se produzca un milagro.
  
  Una de las obras maestras del gran director japonés Yasujiro Ozu es “Cuentos de Tokio”, una película delicadamente costumbrista en la que una pareja de ancianos viaja a la capital para visitar a su hijo. Y ya, poco más sucede en las dos horas y media de película. Poco más, y poco menos. La película que nos ocupa, “Kiseki” (que significa “milagro”) se configura como heredera directa de ese film, como su relevo generacional, en la que sus protagonistas no son una pareja de ancianos, sino sus “nietos”, unos niños que en su empeño por superar sus miedos y problemas cotidianos, emprenden una pequeña gran aventura que les hará madurar. Es entonces cuando Ozu se encuentra con el Rob Reiner de la imprescindible “Cuenta conmigo”.  

 
  Bellamente rodada, el mayor logro de la cinta es que, en su aparente sencillez, uno siente ver la vida pasar. La vida de verdad, tan grandiosa e insignificante en su cotidianeidad que, de tan conocida, uno no se para a pensar en su belleza. Esta película nos hace parar y pensar. Para ello se vale de una observación minuciosa de los pequeños detalles, y en dejar que las escenas fluyan con su propio ritmo, con esa parsimoniosa cadencia, tan oriental, que choca con la concepción del tiempo occidental (se dice que el origen del particular y pausado tempo narrativo japonés viene del teatro kabuki, y de sus “benshi” célebres comentadores de la época del cine mudo, que narraban toda la película y doblaban todas las voces y, por lo tanto, necesitaban de planos más largos para poder hablar). Aun así, la trama se vale de esta particular percepción del tiempo para no arrancar hasta bien pasada la mitad del metraje, inflando así un argumento mínimo al que le sobra por lo menos media hora.

Sin embargo, nos olvidamos de ello en cuanto la peripecia de los niños cobra finalmente forma de una forma casi documental en las actuaciones de los niños actores (los adultos son, en su mayoría, meras comparsas). El excepcional verismo del film se debe sobre todo a ellos, tan reales en sus interpretaciones que uno siente que las viven realmente, que no actúan, que son ellos. Para ello, Kore-Eda (posiblemente el director japonés más prestigiado del cine actual) no les entregó nunca el guión, explicándoles sus escenas y dejándoles hacer en la improvisación. Los dos hermanos protagonistas (los Maeda, cómicos profesionales y también hermanos), están perfectamente compenetrados y diferentes en sus actuaciones: más comedido el mayor frente al pequeño, más gracioso, pero igualmente profundos y encantadores. Son una muestra del buen hacer del realizador a la hora de dirigir a actores infantiles, como ya hizo en “Nadie sabe”, que le valió a Yuya Yagira el convertirse, con 14 años, en el más joven en ganar la palma a mejor actor en Cannes en 2004.

   Un film que recoge la esencia de la infancia, tan intensa e intangible en su inocencia esperanzada y doliente cuando se acerca el momento de su pérdida. Quizá ése sea el mayor milagro: crecer con los golpes de la vida sin dejar de sentir como un niño. 

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