domingo, 6 de mayo de 2012

Yo me acuerdo de esa escena de... Somewhere (Sofia Coppola, 2010)

         Esto es una prueba de paciencia. A ver cuántos son capaces de aguantar toda la escena sin adelantarla. Y a ver cuántos son capaces de, una vez llegado el final de la escena no pensar "¿Y esto qué es?".          
       
  Se podrían haber escogido otras muchas escenas, como ese larguísimo y comentado "zoom in" de Stephen Dorff respirando trabajosamente, su cara aplastada bajo una cantidad ingente de maquillaje plástico para hacerle una máscara; la tierna y cándida fiesta del té en bajo el agua bajo los acordes de una pausada versión de "I'll try anything once" de The Strokes o una grácil y luminosa Elle Fanning haciendo patinaje artístico bajo la atenta mirada de su padre al ritmo de "Cool" de Gwen Stefani, donde la canción nuevamente nos cuenta lo que no se dicen los personajes, entre otras. 

  Pero he elegido la escena que precede a los títulos iniciales y donde la música no suena sino hasta el final con las primeras notas de "Love like a sunset" de Phoenix, responsable de buena parte de la banda sonora (el líder de la banda, Tomas Mars, es su marido; son tan indies que da miedo). Si la escena inicial de una película debe resumir ésta, desde luego esta escena es ejemplar en eso. La película trata, con parsimonioso ritmo del vacío existencial de una estrella del cine en decadencia y cómo redescubre el sentido de la vida junto a su hija, a la que nunca ha cuidado mucho. Éste es el argumento de la película, no hay más, y la frase podría ser mucho más corta. El mérito es hacer una película, y que además sea buena, basada en la nada. 

  Y lo consigue, y esta escena da fe de ello. Se le achacó mucho esta falta de argumento a la película, así como escenas que no llevan a ninguna parte, pero la historia (la no historia, más bien) lo requiere: qué hace una persona que siente que no tiene vida, vacía, que siente que su vida no tiene valor. Nada, esa persona no hace nada. Se dedica a dar vueltas y vueltas y más vueltas con un lujoso coche deportivo que no le lleva a ninguna parte, porque no sabe a dónde va. Una metáfora perfecta de la película y del alma del personaje(un sorprendente y maduro Stephen Dorff). 

  Claro que lo que sigue, es más o menos igual, una suerte de película iraní bajo el prisma occidental y post-pop de una pija con talento, y que para eso, dirán algunos, mejor haber dejado esa escena como un corto en lugar de dos soporíferas horas, que para ver a gente no hacer nada, me veo Gran Hermano. 

  A mí me gustó, pero yo soy lento y tengo mucha paciencia.

 

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